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Publicado en por laverapasoapaso1

"Diario del Valle"

REFLEJO DE LOS PADRES

Por: JULIA NAVARRO (escritora y periodista)

Mujer Hoy – 13 de agosto de 2011

ME IRRITAN PROFUNDAMENTE los papás de los niños maleducados, porque en realidad ellos son los culpables de la mala educación de sus niños. Llevo un verano en que me he tropezado con unos cuantos ejemplos. Hace unos días, cenaba con mi familia en una terraza y apenas podíamos escucharnos porque a l lado había una niña insoportable. La pequeña tendría seis o siete años, estaba con sus padres y un hermano un poco mayor, de 10 ó 12. La niña había decidido que no le gustaba lo que tenía en el plato y se dedicó a lanzarlo a los cuatro vientos, de manera que en mi falda aterrizaron unos espaguetis. La madre de la criatura se disculpó diciendo: “Ya sabe usted cómo son los niños”. No respondí. Minutos más tarde, la niña empezó a aporrear el plato haciendo ruido constante. Una señora que estaba en otra mesa sugirió a la madre que pusiera fin al concierto improvisado, pero ella respondió con otro: “Ya sabe cómo son los niños”. Me dieron ganas de levantarme y decirle que ser niño no implica tirar los espaguetis o aporrear un plato, y que si lo hace, para eso están sus padres, para enseñarle. Pero la mamá sólo sonreía quitando hierro a la mala educación de la niña, y el papá se mantenía en una distancia, indiferente, como sino fuera con él, mientras el hermanito pasaba de todo, jugando con una maquinita de esas de matar marcianos.

 NO ES LA PRIMERA vez, ni será la última, que me topo en un restaurante con padres que piensan que los demás tenemos que aguantar la mala educación de sus hijos porque “son niños”, de manera que les permiten hacer lo que les viene en gana. En un reciente fin de semana en la playa, tropecé con otra criaturita por educar. Yo no suelo tumbarme al sol, pero acababa de salir del agua y me había sentado cerca de la orilla mientras me secaba. Estaba tan tranquila, cuando un crío de unos cuatro años decidió divertirse echando arena a los bañistas. El niño cogía un puñado de arena en la mano, elegía una víctima e iba a soltar la carga. A un señor mayor le tiró la arena en los ojos; a mí, en la cabeza; a otro niño, en la boca, en fin, una gracia. También en esta ocasión la mamá se acercó para disculparse con el consabido: “Es que es un niño y no para”. Que era un niño ya nos habíamos dado cuenta, que no paraba también, pero por qué su mamá o su papá no ponían remedio a que se dedicara a molestar al prójimo no tiene explicación.

 VOLVÍ AL HOTEL segura de encontrar una cierta tranquilidad y me senté mirando al mar disfrutando del momento. De repente, el sonido de una bocina me sobresaltó. Bueno, de una no, de media docena de trompetas de plástico a las que unos angelitos arrancaban un ruido infernal. Todos los que disfrutábamos del paisaje y de la tranquilidad, nos vimos desbordados por el ruido. Un grupo de mamás y papás contemplaban divertidos las idas y venidas de sus retoños y, eso sí, parecían inmunes al ruido. Pensé que a lo mejor llevaban tapones en los oídos, porque no podía creer que no les molestara. Un señor mayor les pidió a los niños que dejaran el concierto para otro ratito y un papá, enfadado, se levantó para reprochar al señor que hubiera pedido a los niños que dejaran las trompetas: “Son niños, tienen que jugar y éste es un sitio público. Si le molestan, váyase a otro sitio”. Es lo que hicimos la mayoría, ¿Qué otra cosa podíamos hacer?

 P.D.: En realidad, la mala educación que demuestran algunos niños es sólo un reflejo de la dejadez de sus padres. Y no es que me esté volviendo una cascarrabias, es que creo que un niño puede perfectamente jugar y divertirse sin necesidad de molestar  los demás. ¿O no es así?

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