ART. PORTUENSE
"Diario del Valle"
SABÍA QUE ESTABA ALLÍ ENTRE LOS BREZALES ESCONDIDA
ARTÍCULO DE: Celestino González Herreros
Ante mis ojos tengo la arboleda del tupido bosque que soñé no recuerdo cuando y viendo los robustos árboles, alineados algunos, otros dispuestos en desorden, me extasié frente al abundante ramaje, sentía el silencio que reinaba en su espacio natural y hasta oía caer las hojas secas desprendidas de ellos desarregladamente en el suelo ya alfombrado del vegetal despojo acumulado, húmedo y silencioso que cubría la tierra y los márgenes del riachuelo que avanzaba ruidoso hacia abajo, llevando su triste material al infinito imaginario de tantas soledades intuidas en la lejanía del bosque, hasta desembocar en los profundos barrancos de la hondonada en busca de la cercana playa; la corriente va descarriada, desenfrenada y solícita.
Muchas veces he visitado ese lugar lóbrego y solitario, buscando el fresco de sus envidiables sombras y he soñado despierto envuelto en sus fragancias, la paz irresistible de sus conmovedores perfiles y en mis letargos oníricos he vivido los más gratos momentos. Hasta he escuchado el eco de mi voz, cuando bendigo el momento que vivo, cuyo retumbo parece que señalara con mi presencia caminos abiertos antes andados y culminara la emoción compartida con el follaje solitario de tanta arboleda triste y solitaria y sintiera mi espíritu mecerse, con el canto del concierto de las brisas que llegan como soplos celestes acompañando mi profundo y apasionado sueño de amor…
Su tierna mirada refulgía e imantaba todos los encantos del bosque, tornándose en fértil campo, en mágica fuente de inspiración poética; y hasta la abundante
hierba reverdecida bajos los candentes rayos del Sol, encendía sus tonos verdes y las profusas floresillas que sus espigados tallos sostienen, irradiaban amor en todo el bosque.
Por momentos desaparecía, se hacía invisible, empero sabía que estaba allí, entre los brezales escondida. Luego volvía aparecer, más radiante aún, borrando las sombras de los robustos árboles, dejando yermos los floridos senderos de la pradera; y a tientas fui en su busca sin lograr hallarla. Ni escuché más la cascada de su angelical risa, también perdida entre el follaje de la espesa vegetación, como una apagada visión suspendida en la frivolidad del más triste de los sueños, entre agónicos jadeos y un último aliento que rezongaba en la noche como un trueno roto…
Era su tierna mirada
fuente de luminosidad
que irradiaba amor y bondad
desde su alma enamorada.
Como si estuviera endiosada
le vi. en los campos perderse
y en los brezales esconderse
como una niña asustada.
En tinieblas nos dejó
como un claro que oscurece,
como una voz que enmudece
cuando su luz apagó.
Como flor en primavera
que donara sus encantos,
voz de melódicos cantos
que animara la pradera
fue el eco de su risa.
Ella era tan dulce y tierna,
parecía fuera eterna
su amplia y angelical sonrisa.
Sin ella ya no florecen
los senderos ni los campos
y ya no se oyen sus cantos,
ni las cañadas reverdecen.