ART. PORTUENSE

Publicado en por laverapasoapaso1

EN UN LUGAR CUALQUIERA Y EN CUALQUIER MOMENTO

 

ARTÍCULO DE: Celestino González Herreros

 

1 Celestino González HerrerosDe espaldas al mundanal ruido, me entrego en cuerpo y alma al sano oficio de escribir, aprovechando una ola de inspiración que me llega, no sé de dónde, debe ser de la inquietud que se desvela ante la visión que presencio actualmente. Estampa esta a la que llegamos “casi” a acostumbrarnos, queramos o no, de tantas veces que se repiten las mismas molestas secuencias. Unos niños destrozando un bello arbolito, ya espigado y frondoso. Los muchachos agarrados de sus débiles ramas, tirando de ellas hasta que puedan ver al arbusto pelado y el pavimento de la zona llenos de verdes hojas destrozadas, brincando y saltando como si fueran monos en la selva, inocentemente divertidos, gozando de lo lindo y las madres de cada uno de ellos a un par de metros de distancia dándole a la lengua, paliqueando sin parar. Y ni se enteran. Mejor es pensarlo así. Sin interrumpir el idilio de tan importantes comentarios…

 

Por un par de veces intenté hacer acto de presencia y recriminarles a dichas señoras la conducta de sus hijos o lo que fueran, pero recordé que una vez, hace ya algún tiempo, no mucho, me vi. en parecidas circunstancias y que en mala hora intervine. Me llamaron de todo, desde entrometido hasta falto de respeto, etc. ¡Qué vergüenza pasé ese día, fui por lana y salí troquilado!.. Por eso me contuve esta vez. Que destrocen la plaza entera. Si al menos hubiera algún vigilante cuidando nuestra plaza pública, no ocurrirían estas cosas. Pero ahí no acabó todo. Un perro, no supe de quién, placidamente hacía sus necesidades fisiológicas cerca de allí; y no vi que nadie fuera a recoger tremenda deposición. Y en el lugar quedó, como para que cualquier hijo de vecino pisara distraídamente el postre de un tranquilo paseo y llevara en las suelas de sus zapatos la ecológica muestra a su aseada casa y deje los pisos arruinados y el olor consiguiente perfumado el resto de su hogar.

 

Hay personas desconsideradas que dejan solos a sus perritos para que fastidien a los demás vecinos. Levantan la patita trasera, si son machos, y dirigen la meada a las paredes de las casas, las farolas de la luz, las ruedas de los coches y un sufrido y largo etc., hasta cada cinco minutos, ya les digo, donde les parece. Esa es otra. Y no hay quién ponga remedio a tales desaguisados. Como he dicho antes, ya casi nos tienen acostumbrados. Y no digamos cuando están en celo. En un lugar cualquiera y en cualquier momento, nos dirán que esas cosas no tienen importancia, acontecen como sucesos normales.

 

Los que ya peinamos canas, en verdad, sentimos una gran nostalgia al evocar aquellos tiempos, cuando cada persona era responsable de todos sus actos y desviaciones en la sociedad y estaba en su derecho llamar la atención a quienes cometieran hechos delictivos, repugnantes actuaciones, abusos y demás atropellos, y si prevalecía la razón en los denunciantes, las distintas censuras eran respetadas. Lo que estaba mal hecho había que corregirlo y en lo posible evitar que tales desmanes se repitieran. Desde las primeras escuelitas, a los niños se les enseñaba a respetar lo ajeno, a los animales y a las plantas, ante todo respetar a las personas, enfatizando en el caso de los mayores, que en definitiva eran nuestros naturales maestros en el diario acontecer de nuestras vidas. La calle era una escuela también y todos aprendíamos cada vez, las recomendadas lecciones para practicarlas en nuestro presente e inmediato futuro, para contribuir con esas sabias enseñanzas a nuestra mejor convivencia ciudadana

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