ART. PORTUENSE
EL AMOR DE LOS NIÑOS TAMBIÉN GENERA ILUSIONES
ARTÍCULO DE: Celestino González Herreros
Ambos se miraban sin decir palabras con expresión nostálgica. Ella se le acercó un poco más y le tomó su mano con ademán de ternura, mas, seguían en silencio mirándose… Seguramente que ambos pensaban en lo mismo, es fácil discernirlo. Ya estaban muy mayores y ya poco tenían que decirse, sólo desear que Dios les permitiera que aún no les separe para siempre. Preferían que ninguno de los dos quedara solo, que cuando haya que celebrarse el cortejo fúnebre sea para llevarse a los dos juntos. Temían a la soledad más que a nada.
Ella recostó su cabeza sobre el hombro de su esposo suspirando muy profundamente y apretó lo más que pudo su temblorosa mano. Seguían en silencio, hasta que se oyó llamando la voz sutil e infantil de uno de sus nietos de doce años de edad.
-¿Qué hacen aquí, abuelos? ¿Vinieron a darles de comer a los pájaros del huerto y a las palomas?
Les traigo un poco de trigo…
Cuando quieran recogerse, díganmelo.
Viéndoles tan juntitos parecen una pareja de novios…
-Ay, muchachito, estamos tan bien aquí, tanto silencio y tan juntitos los dos, que se olvida uno de todo lo demás, hasta de comer. Pero tu compañía, querido nieto, también nos hace muy felices. Cuando acabemos de de darle de comer a estos pobres animalitos nos vamos. Se hace la hora de la comida.
-Abuelitos, ya les traje la comida, no adivinan lo que es y si nos sobra lo guardamos para esta noche. Yo me quedo hasta mañana con ustedes. Luego damos un paseo hasta la playa. Mi madre me dio dinero para comprarnos unos helados, pero primero el potaje… Lo otro no les digo lo que es, tienen que adivinarlo, Es algo que les gusta mucho y hasta se chuparán los dedos.
Ese día lo pasaron muy bien, los abuelos no cabían en sí, aquella triste melancolía fue disipada con las atenciones del bondadoso nieto, hasta jugaron a las damas y al dominó.
El muchacho los contemplaba, a veces, con tanta aflicción, cuando pensaba que algún día les faltarían, por designios del destino y que sus padres también se harían viejos y le iban a necesitar como hoy los abuelos.
Se había propuesto ser un niño bueno, en el más amplio sentido de la frase. Cuidaría siempre que se lo permitieran, a sus queridos mayores y haría por ellos lo indecible, haría que vivieran con entera dignidad los años que les queden de vida. Con dignidad y mucho cariño, ellos, los que tanto amor les han dado desde que vino al mundo. Y haría que los demás, también les respetaran y les quisieran mucho.
Desde el interior de la casa de los progenitores, detrás de los cristales de una de sus ventanas, los padres del niño observaban conmovidos, al ver al muchacho consolando a los viejitos con sus delicadas atenciones y esmerado cariño, como pocos niños suelen hacerlo y mejor para ellos, emplean su tiempo libre disfrutando de los juegos propios de esa edad con sus otros amiguitos, ahora que estaban de vacaciones.
Los abuelos vivían solos, en una casita de campo cerca del lugar y esperaban cada día la visita de los familiares como quien espera agua en mayo, así no se sentirían tan solos. Las noches se les hacían interminables, deseando que amaneciera y al comprobar que seguían juntos no paraban de darles gracias al Cielo. Entonces qué bellos eras cada uno de esos gratos amaneceres. ¡Cuánta felicidad!, y se besaban tiernamente.