ART. PORTUENSE

Publicado en por laverapasoapaso1

"Diario del Valle"

 

DEBILIDAD E INMADURÉZ DE OFIDIO

 

ARTÍCULO DE: Celestino González Herreros

 

1 Celestino González Herreros¿Cuál es la razón de ser, de una flor, si no es deleitar, conquistar o adornar? ¿Y una hermosa y bella mujer? La respuesta se hace más indecisa. Habría que hacer otra pregunta: ¿Qué hay detrás de todo eso, tras esa máscara de expresión apacible y apariencia sexual, sex-appeal? La respuesta sigue tardando en surgir, nadie quiere dármela y está ahí. Es como una carta en el juego de la vida, si tienes suerte que te aproveche y la disfrutes; si no, era previsible. S i es atrayente la belleza física, hasta yo diría: conforta, estimula, porque los ojos son niños que nunca aprenden a distinguir si se antepone el engaño, lo falso o lo bueno.

Los días transcurrían con la monotonía de siempre, cada mañana llevando la cestita de mimbre del almuerzo, con la fresca del camino hacia la fábrica, pensando que tal vez en la mañana siguiente habría algo nuevo que rompiera el cotidiano fastidio, el tedio de cada día.

Apurando sus pasos porque se hacía tarde, nuestro hombre, de contextura más bien débil, aunque normal su apariencia, y facciones, un tanto acorde con las exigencias de la época -alegre y despreocupado-. Pensando mientras caminaba, conforme y sin apenas aspiraciones, que vive por que hay que vivir. Trabaja pues, por eso, porque si no trabaja no tiene dinero en el bolsillo y la vida requiere aportaciones, si no, nada de nada. Así pensando y sin poder ordenar lo que pensaba, esa lucha fue interrumpida por una visión sorprendente. En el suelo, con los cabellos y sus ropas en desorden, yacía una joven tirada, sin conocimiento aparente, las piernas y las manos sucias del barro y a pocos pasos de una diminuta cesta salía algo, un pan, unos cubiertos y un pequeño envoltorio de algo… Ofidio, que se llama él, corrió en su auxilio y como estaban cerca ya de la fábrica, con la ayuda de otros compañeros le llevaron hasta la salita de curas hasta alcanzar el botiquín de la empresa. Otras personas se ocuparon del asunto.

Elena se llamaba la infortunada muchacha, diez y nueve años de edad y huérfana de padre, único sostén económico de la casa, única hija de un modesto matrimonio que sólo tuvo siempre lo que llevaba puesto encima. Y no acaba todo aquí, su madre es invidente, con algunos años de más y con depresiones constantes.

Ofidio ya sabía que Elena se recuperó de los efectos de su caída y que sólo se trataba de una anemia férrica hace poco tiempo contraída y que por imperativos indiscutibles no había podido tratar médicamente. En fin, lo de siempre. Alguna vez había que ocurrirle.

Elena no era, precisamente, una muchacha atractiva, su cuerpo dejaba mucho que desear y no había refinamientos en sus modales, bueno, eran aceptables dentro de lo normal, quiero decir que no era una niña “moderna” a pesar de sus escasos años de vida. Eso sí, tenía unos ojos preciosos, que viéndose uno en ellos, parecía como si descubriéramos todos los encantos que pudiera ofrecernos la vida. Esas deducciones hicieron ver a Ofidio, que ciertamente sufrió un extraño y repentino flechazo… Nunca estuvo del todo convencido, claro está, aunque le acompañaba, hablaban largos ratos, pero no se sentía del todo satisfecho. Se le iban los ojos a diestras y siniestras, si de chicas se trataba, e incluso estando con ella, máxime si eran bonitas.

Elena estaba ilusionada con las atenciones del muchacho, necesitaba tener el apoyo moral de la compañía de alguien, mejor si fuera él, a quien comenzaba a amarle. Nadie había sido tan bueno con ella; se complacían mutuamente en todo.

¡Cómo son las cosas! Un día antes habían hablado de matrimonio; que ella se quedara con su mamá y le esperara siempre cuando llegara de la fábrica.

Conoció a otra chica, realmente bella y muy hermosa, era como esas mujeres para quererlas ciegamente, sin pensar en otra cosa distinta, para olvidar todo cuanto nos rodea, sin importar nada más. Fue bastante rápido, se comprometieron y olvidemos a Elena -pobre criatura- , su madre murió pasado un año, después de los acontecimientos.

Ella, Elena, seguía enferma, había empeorado. Trabajaba mucho y casi no se atendía a las horas de la comida.; la pena acababa con ella poco a poco. Murió como una poca cosa, sin proferir ni un solo lamento, si quiera. De suerte que no estaba sola, una amiga cuenta que antes de expirar su último aliento, llamó por ofidio, dos o tres veces y Ofidio no apareció, estaba con la otra, olvidado del tremendo dolor que sufría Elena, que con su pena se iba.

Pasaron dos o tres años y la “intrusa” renunció”, le parecía poco lo que ganaba Ofidio, vio que no había porvenir, que no podría nunca satisfacerla en sus caprichos y necesidades. Ella era otra cosa, con aquel pobre hombre peligraba su vieja forma de vivir y ver las cosas… Ofidio se quedó solo, recordando siempre a Elena, lamentando se debilidad e inmadurez, que no le permitió ver que el verdadero encanto siempre lo lleva la mujer oculto, radica en la pureza de su corazón y la sensibilidad innata para apreciar las cosas. Así como para un hijo su madre es la más bonita entre todas las madres, nosotros, los hombres debemos ver en nuestras elegidas la belleza que no puede ver ni apreciar nadie, la belleza que, sin embargo, desborda y alimenta nuestras necesidades y nos da aliento y confianza, que nos lo da todo en la vida… No tiene nombre, no hay palabras por elocuentes que sean, capaces de definir sus verdaderos encantos. Es algo que sólo entiende el amor.

Ofidio va con frecuencia al Camposanto donde reposan los restos de ella, lo que le quedó en este mundo, sus despojos… Le lleva flores, le reza y habla en silencio. Dicen que le han visto llorar y que el guardián del cementerio, muchas veces, tiene que recordarle que ha de cerrar la puerta. Se está largas horas viendo las flores que le lleva… Y pidiéndole perdón con rabia…

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