EL PLANETA
LA HORA EN QUE MATARON A LOLA
ARTÍCULO RECIBIDO DE: Nicolas Tibor Adam Mancza
Lola, es una leyenda popular cubana sobre el asesinato de una mujer a manos de su esposo, cuando éste, un día a las tres de la tarde, le descubrió siéndole infiel con otro hombre.
El crimen puede ubicarse en la primera mitad del siglo XX cubano, si bien el nombre de Lola era común y se hace difícil ubicar geográficamente el origen de la leyenda. A esta dificultad se suma, lamentablemente, en aquella época, una diversidad de anécdotas similares de crímenes pasionales lo que hace aún más difícil establecer sus orígenes o protagonistas.
Diversas leyendas urbanas han atribuido el protagonismo de la historia a personajes célebres de la cultura y la política nacional.
El suceso puede haber extendido su fama cuando el presidente Ramón Grau San Martín, durante uno de sus discursos, consultó su reloj y exclamó "¡Coño, son las tres de la tarde, la hora en que mataron a Lola!", popularizándose aún más la expresión.
Más allá de lo escabroso y del contenido violento y machista de la supuesta historia, el cubano la ha despojado totalmente de esos significados y la ha trasladado de manera erótico-festiva a su código de conducta social diario: Al ver a otra persona inclinada hacia delante, se le suele avisar jocosamente de que en esa posición mataron a Lola.
En Cuba, las tres de la tarde se define mediante la expresión: “la hora en que mataron a Lola”.
Estar “mejor que Lola”, refiere por su parte un estado de disfrute máximo.
"¡Adiós, Lolita de mi vida...!" fue la expresión de un conocido comentarista deportivo en la Isla para narrar en un partido de béisbol el momento en que la bola era sacada del parque (home run). Ésta última suele utilizarse además como despedida irónica. Diversas melodías populares cubanas también hacen frecuente alusión a Lola.
LOLA
Miró el reloj de pared en el momento que daba tres campanadas y el sol se encaminaba hacia la catedral.
La amaba demasiado y no podía soportar que fuera tan puta.
Por eso un día cogió el puñal que le cambió a un soldado nazi en Paris por una caja de Habanos, y se lo clavó debajo de la teta izquierda, mientras ella lo miraba sin gota de asombro.
La herida debajo del seno apenas sangraba y como era médico supuso que la hemorragia interna estaba taponeada por algún órgano atrapado entre la quinta costilla y el esternón.
A la palidez de su piel, casi transparente, la muerte le quedaba tan bien. Cuando la movió, un hilo de sangre rojinegra -que comenzó a rodar hacia el ombligo- partía en dos la armonía de un cuerpo que casi carecía de color.
Paso el dedo anular suavemente alrededor de sus pezones color rosa pálido, y al notar que estos se endurecían -aún después de muerta- volvió a sentir la ira loca que lo motivó a matarla.
La colocó despacio sobre el frió piso de mosaicos Art Noveau y abrió una de las persianas de la alta ventana colonial que daba a Prado.
El cuerpo inerte se vistió con el dibujo perpendicular de sinuosas rayas solares que recorrían y pronunciaban sus voluptuosas curvas.
¡Dios mío cuanto la amaba!
Dentro de la angustia que sentía, lo que más le mortificaba era saber que su crimen era uno de los más cursis del mundo. Le aliviaba pensar que apenas ocuparía una o dos líneas en los titulares de la tarde, y que lo olvidarían fácilmente.
Nada más lejos de la verdad. Por esas cosas raras del destino, o tal vez porque fue uno de sus misteriosos clientes y estaba muy al tanto del asesinato, el presidente Grau, ante una multitud (en uno de sus discursos a finales de su mandato), miró al reloj y dijo sobresaltado: “Coño las tres de la tarde, la hora en la que mataron a Lola.”
La versión popular es más simpática y completa:
Lola era una prostituta de La Habana y la mató uno de sus amantes. No pudo soportar que fuera tan puta y le clavó un puñal en el pecho.
El suceso se produjo a las tres de la tarde y su victimario, que dicen era médico, pensó que el crimen sólo ocuparía dos líneas en los titulares de la prensa capitalina de la tarde.
Pero se equivocó, y no se sabe por qué, el presidente cubano de entonces, Ramón Grau San Martín, en un discurso casi al término de su mandato, miró su reloj y dijo: ”coño! las tres de la tarde, la hora en la que mataron a Lola", y la frase quedó acuñada para siempre en la memoria popular de los cubanos y no hay oriundo de esa hermosa tierra que no sepa a la hora que
mataron a Lola.
Incluso una conocida canción evoca el hecho.
"Eran las tres de la tarde
cuando mataron a Lola
y dicen los que la vieron
que agonizando decía
yo quiero ver a ese hombre
que me ha quitado la vida”
yo quiero verlo y besarlo
para morirme tranquila"