ART. PORTUENSE
"Diario del Valle"
LA CALIDAD HUMANA DE MI ENTRAÑABLE AMIGO IGNACIO TORRENTS GARCÍA
ARTÍCULO DE: Celestino González Herreros
Qué gusto nos daría, qué placer, poder describir en toda su magnitud, el sentimiento
humano de la verdadera amistad, no rutinaria, la amistad que llena de verdad todos los rincones imaginarios del alma y reboza en el corazón. Ese sentimiento de amor, mezcla de gratitud o sano orgullo… ¡Ese es un gran amigo!
Decirlo es fácil, pero, ¡qué difícil es expresarlo, a veces, cuando queremos demostrarlo! Por mucho empeño que pongamos en ello, siempre sentiremos la triste sensación de no haber sabido expresarnos.
Y yo tengo uno de esos amigos, cuyo padre fue mucho antes amigo del mío. Don Ignacio Torrents, padre e hijo, naturales del Puerto de la Cruz, el hijo hoy vecino de la Villa de La Orotava. Amigos, como decía mi padre, amigos de verdad.
Mi padre, Enrique González Matos, acabó perdiendo por completo la vista y prácticamente se encerró en su casa, salvo algunas salidas esporádicas para no perder del todo el anterior ritmo de su vida. Las más de las veces se sentían solo y con su grabadora componía poemas que luego los mecanografiábamos…
Padre e hijo, los dos Ignacio Torrents, solían ir a visitarle, a veces juntos, otras veces solos, y pasaban unas tardes deliciosas. También es posible que se hayan encontrado junto a ellos, los otros buenos amigos: Enrique Tamajón, Cándido Figueroa y su esposa, que luego acompañaba a mi añorada madre. También Joaquín Espinosa Afonso y unos pocos más, pero muy pocos. Entonces la velada se alargaba y se hablaba de todo, de nuestras gentes, del antiguo Puerto de la Cruz y sus costumbre. Bueno, de todo mientras alcanzara el tiempo. Por supuesto, no podía faltar la garrafita de buen vino, el millo frito con azúcar por Lola y el güisqui, por si alguno lo prefería. Lo importante era que estuvieran juntos en esa intimidad coloquial, como buenos amigos.
Los años transcurrieron y nos tocó vivir la añoranza de aquel hombre ejemplar, el dilecto amigo de mi padre, amigo de siempre y el nuestro también, don Ignacio Torrents (padre). Luego siguió visitando a mi padre el hijo, Ingacito, como cariñosamente le decíamos.
La casa, expresaba mi padre, se llenaba cuando llegaba él. Tampoco sabría definir esa sensación extraña que se siente cuando se comunican los sentimientos. Yo sé sentirlo, pero no hallo las palabras adecuadas o precisas para expresarlo. Algunos dicen que es como ver llegar a Dios cuando estamos impedidos, cuando nos sentimos solos, cuando la nostalgia llama a aquellos seres que necesitamos y que de verdad les queremos.
Dios es luz que ilumina las tinieblas de la soledad, que aclara el camino y nos recuerda que el sueño real de la vida eterna no es una vulgar hipótesis, es una verdad tangible que percibimos a veces…