LOS REALEJOS AL DÍA
JUANA LA DEL PUERTO, CAMBIABA CABALLAS POR PAPAS Y COLES
ARTÍCULO DE Esteban Domínguez
Años aquellos cuando la miseria azotaba a muchas familias y el poco dinero que entraba en algunos hogares nos hacía presagiar que el hambre nos asechaba como la bruja a la escoba.
Fueron los años cincuenta, los más duros para infinidad de familias que dependían de un simple jornal. Las dificultades, junto a las enfermedades que se prodigaban a lo largo y ancho de nuestro municipio, acentuaban la desconfianza de muchas familias, que les era imposible que levantaran la cabeza, mientras las dificultades persistían, y había que hacer frente a la vida misma y a cuantos problemas surgían.
Años mas tarde, por el viejo camino del Burgado entre el Puerto de la Cruz y Los Realejos, una mujer subía cada mañana, con una cesta a la cabeza, en la cual poseía unos cuantos kilos de caballas, que adquiría en el muelle a sus familiares pescadores. Ella con animados pasos, subía la empinada cuesta, hasta llegar al barrio de San Agustín, pues de haber pasado por La Longuera y el Toscal. Pero su punto de vente lo tenía concentrado entre san Sebastián en el Realejo Bajo, y Tigaiga. Posiblemente porque allí encontró más cariño y buena clientela, pese a la crisis que esos años afectaba de forma directa, a muchos hogares.
Doña Juana que ya conocía a sus clientes, intentaba realizar los habituales cambos de caballas por coles, papas o verduras, ya que estas tierras producían ya no solo plátanos y papas en gran medida, sino además millo, habas, cebollas etc. Atrás habían quedado aquellos años duros de la pos-guerra.
El Puerto de la Cruz no era todo ,o propicio para el cultivo del campo, excepto la zona de La Paz y las inmediaciones del Taoro o Dehesas. Sin embargo en las zonas altas del Realejo, no faltaron las buenas cosechas de papas, que regaban en abundancia las lluvias. Tierras escarpadas, casi inclinadas en algunas zonas. Lo mismo ocurría el Icod el Alto o de Los Trigos.
En las laderas de Tigaiga, abundaban las plantaciones de viñedos, y dentro de ellos, se plantaban algunos surcos de papas, como también coles en las orillas de las cementeras. Todo esto suponía una línea mejoría en muchos hogares donde el asunto económico no era el mejor aliado. Así, estas familias, iban tirando adelante, gracias a los grandes sacrificios que suponía atender los capos, regarlos y realizar las siembras. Muchas veces, con las ayudas de amigos y vecinos, con quienes al final de la cosechas, se les daba de forma de agradecimiento, un cesto de papas por el favor recibido.
Pero doña Juana la del Puerto, que tan buena amistad tenía con las gentes de Tigaiga por muchos años, nunca se olvidó de acudir a ese barrio con su pescado fresco. Cambió caballas por papas y coles y ambas familias, las del Puerto y las de Tigaiga, formalizaron una perfecta amistad.
Hoy cuando han pasado casi 60 años en que doña Juana la del Puerto entró en Tigaiga por primera vez, la recordamos con verdadero entusiasmo y nostalgia. Ya que en cierta ocasión le regaló a la Virgen de Tigaiga, un par de manteles y unos candelabros que creo que se conservan.
Y muchas fueron las veces que algunas familias de Tigaiga echaron de menos a doña Juana, pues como los años no perdonan, esta mujer dejó de subir hasta el Realejo, dada su avanzada edad y el peso que le suponía subir desde el Puerto a Tigaiga con una cesta de pescado a la cabeza, cuya distancia desde el muelle hasta este legar suponía unos siete kilómetros de camino, cuando aún el trasporte público aun no estaba establecido.
Anécdotas, cuentos y comentarios cotidianos, servían de ingredientes, y en el recuerdo está la figura de aquella mujer alta, casi de fibra, valiente y dialogante. De carácter alegre pese a las dificultades que la vida presentaba, pero siempre amable y fiel. Ella, toda una mujer serena hija de padres abuelos y hermanos pescadores, se ganaban el pan de la familia a base de sacrificios, pero también a los labradores de de Tigaiga, le costaba lo suyo la supervivencia, y tuvieron que hacer frente a la vida, labrando y asiendo producir sus campos en la medida de sus posibilidades.
Las semillas, los abonos y el agua de regadío no siempre les fueron favorables, y no siempre la sementera les proporcionaba cosechas favorables. Así, con el consabido sacrificio que el campo conlleva, supieron arañar los surcos con los dedos de las manos para matar la ansiedad de tanta miseria que la guerra había dejado en la mayoría de los hogares, y cuando el sueldo de toda una semana de trabajo, no alcanzaba las 150 pesetas.
Por eso, no debe de extrañar que doña Juana la del Puerto, realizara el cambio de pescado por papas y coles, pues no siempre, podía alimentarse de pescado, ni tampoco los tigaigueros de coles y papas.
A doña Juana, la seguiremos recordando por su generosidad y por el intercambio ya señalado en aquellos años de tanta hambre, que no serán fáciles de olvidar de la mente de nuestros mayores.