DESDE LA LUNA
"Diario del Valle"
SALVAJEMENTE BELLO
ARTÍCULO DE: Rosario González Sánchez
Recordar todo lo que voy a plasmar en este papel no me resulta nada fácil, (inclusive me entristece profundamente); pero si con ello consigo ayudar, aunque sólo sea a una persona o/y a sus familiares, me daré mucho más que por satisfecha, porque creo que es mi deber contar mi experiencia, para dar un poco de ánimo y esperanza a todas aquellas personas que estén pasando por esta enfermedad: LA ANOREXIA.
Esta es un historia que no está basada en datos, en números o estadísticas. Es una historia real, relatada desde el dolor y el alma, y espero que llegue ahí mismo, a lo más profundo del corazón, y quién sabe, si pudiera ser, a las consciencias de las personas.
Y esta historia comienza así: yo era un joven de 21 años repleta de sueños. Estaba terminando la carrera que había elegido porque siempre desee cursarla. Pero de pronto todo se trunco. Una extraña enfermedad se adueño de mi, de mi alma, de aquellos sueños ( ni si quiera pude terminar mis estudios), de mis deseos, y de además de todo ello, también de mis seres queridos.
Al principio todo el mundo pensaba que era algo inventado, que yo lo había provocado y que era un juego de niñas. Pero, ¡maldita sea!. estaba enferma, me encontraba mal y no me quería; pero lo peor de todo es que no sabía explicar el por qué. Y es que en esta enfermedad llamada ANOREXIA, existe un problema más grave que ella misma; y es que no se puede detectar en un analítica o radiografía, y por lo tanto no es muy creíble en un principio. Y eso me enfadaba, ¡qué carajo!, me sigue enfadando hoy en día, 11 años después, porque sufrimos de forma profunda: primero porque no es una enfermedad que se asimile con facilidad (ni la que la padece, ni los que ven padecer), y segundo porque esta enfermedad es fruto de una "extraña" sociedad que nos machaca con ciertos cánones de belleza (para mi estúpidos en todas sus formas), los cuales veneras las medidas 90-60-90, y el perfeccionismo exterior. ¡Tremenda tontería!, me atrevo a decir hoy, desde la experiencia.
Perdía 4 años de mi vida sumergida en una profunda depresión. Me sentía sola, aislada del mundo, y siempre, y lo repetiré hasta la saciedad, tremendamente triste. No valoraba la vida, al contrario, la despreciaba y jugué con ella en varias ocasiones.
Y lo peor es que no sólo yo pasé un calvario. Recuerdo perfectamente los tristes ojos de mi madre mirándome: estaba muerta en vida porque su hija pequeña quería irse de su lado para siempre. Ella lloraba cada día, observaba atentamente todos mis movimientos, y rezaba cada minuto. Y pedía a todos los santos que existen, o que tal ella inventaba, en su afán de agarrarme a la vida, intentando aferrarse a la esperanza de su hija viera la luz, que volviera a sonreír, ¡que amara la vida¡ como lo había hecho hasta que esa fatídica enfermedad apareció en sus vidas.
Fuí de médico en médico, buscando una solución, un poco de luz que alumbrara un corazón oscuro, un alma oscura. Pero no hallé nada, más que extrañas medicaciones que tan sólo me ayudaban a olvidarme del problema, no a salir de él.
Pero un día cualquiera (tras varios ingresos en hospitales y miles de terapias), y siempre gracias al apoyo de mi familia, encontré una pequeña isla entre el océano de amargura en que llevaba viviendo mucho tiempo. Poco a poco fui recobrando mi autoestima, y por ende, aprendía quererme. No fue fácil, pero con mucho esfuerzo y tiempo lo logré
Me sentía bien, por primera vez en mucho tiempo, y comencé a aceptarme tal y como era, y a pesar del terrible sufrimiento por el que pasé, aprendía cosas importantísimas en mi vida. Adquirí valores de verdad y me convertí en un persona madura y muy segura.
Aprendí que la belleza es algo más que una cara bonita, que un cuerpo diez. Se encuentra en una sonrisa, en una dulce mirada o en el beso que cada día te da tu marido con todo su amor. Todas esas pequeñas cosas que ocurren cada día, y en las que ya apenas reparamos, constituyes la verdadera belleza. La auténtica FELICIDAD.
Hoy en día tengo una niña, e intento educarla en esos valores que yo aprendí de una forma inesperada. Y uno de los más importantes, y ella ya con 4 años lo sabe, es que hay dar amor, amor y más amor a todo el mundo y ponerlo en todo lo que hagas.
Este pequeño relato sólo pretende ayudar, (desde la humildad), a todos aquellos que estén obsesionados con su físico, con su belleza exterior y que se sientan atrapados por esta enfermedad. Que aprendan a quererse tal y como son; y que una vez que lo consigan (que yo los animo porque tengo fe en ello) verán la vida de otra forma, porque la belleza que tanto ansiamos muchos, está realmente dentro de cada uno.
Y por último, que no caigan en el mismo error que yo caí, y el que tanto sufrimiento me causó, porque cada día que perdí llorando y maldiciéndome por mi condición física, fue un día menos y por ello una oportunidad menos de ser feliz.